UNA PELÍCULA QUE SE RÍE DE TI

FUNNY GAMES

LA PELÍCULA QUE SE RÍE DE TI

Hay películas que buscan atraparte, emocionarte o incluso manipularte sentimentalmente. Y luego está Funny Games, de Michael Haneke, que tiene un objetivo bastante menos amable: convertir al espectador en cómplice y después señalarlo con el dedo.

Desde sus primeros minutos, la película se presenta como un thriller de invasión doméstica relativamente reconocible. Una familia acomodada llega a su casa de vacaciones, dos jóvenes educados pero inquietantes aparecen, y la violencia empieza a instalarse poco a poco. 

Haneke entiende perfectamente qué espera el público de este tipo de historias. Queremos sufrir un poco, sentir miedo y, al final, obtener alguna clase de compensación narrativa: una venganza, una huida, justicia para los malos... Funny Games detecta ese deseo y lo usa como arma contra nosotros.

Lo más incómodo de la película no es la violencia en sí, de hecho, muchas de las agresiones ocurren fuera de campo, sino la relación que establece con quien mira. Los villanos, especialmente Paul, rompen la cuarta pared y miran directamente a cámara. No es un guiño simpático ni una broma al estilo de Deadpool. Es una acusación. Cada vez que Paul sonríe al espectador, parece preguntar: “¿Lo estás disfrutando?”


Y esa es la verdadera crueldad de Funny Games: no humilla tanto a sus personajes como al propio público. La película desmonta el consumo de violencia como entretenimiento, dejando al descubierto un impulso incómodo: nuestra necesidad de seguir mirando. 

Hay un momento particularmente famoso que resume esta idea de forma brillante y casi insultante. Cuando parece que la narrativa por fin va a ofrecer esa liberación tan esperada, Haneke introduce una ruptura tan arbitraria y despiadada que destruye cualquier ilusión de justicia narrativa, hasta el punto de que Paul coje un mando a distania y rebobina la toma. No solo rompe las reglas; se burla de nuestra fe en ellas.


Lo fascinante es que incluso sabiendo todo esto, seguimos mirando. Y quizá ahí reside la broma final: Haneke no necesita ganar contra sus personajes; ya ha ganado contra nosotros desde el momento en que pulsamos play.

Ver Funny Games es aceptar una relación casi sádica con la película. Tú crees que la estás viendo, pero en realidad ella te está observando a ti.



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